30 de marzo de 2010

Marcas en el alma

En este caso específicamente abordaré el tema de las quemaduras físicas y de sus consecuencias en el psiquismo humano.


Las quemaduras son lesiones de la piel, de sus anexos y hasta de los músculos y tendones del organismo. Éstas son producidas por agentes físicos y químicos en sus diversas formas. En su mayoría pueden ser originadas por fuego, rayos de sol, sustancias químicas, líquidos u objetos calientes, vapor, electricidad y aún por otros factores.
Estas lesiones pueden generar desde problemas médicos leves hasta los que ponen en riesgo la vida, según la extensión y profundidad de la quemadura.
Luego de comprender a nivel médico conceptual qué es una quemadura y mas allá de saber que sus heridas van curando y cerrando poco a poco, nos preguntamos cuáles son las heridas subyacentes, es decir, las marcas que la quemadura ha dejado como rastro de su paso por el cuerpo, pero a nivel psíquico.
Una vez que el dolor físico es arrasado por las agresivas drogas que lo combaten, el dolor psíquico empieza a asomarse, invadiendo al sujeto con una gran oleada de angustia, la cual se encuentra lejos de toda significación y da cuenta de la imposibilidad de ponerle nombre a tanto dolor.
El dolor físico inunda al sujeto de una sensación de muerte inminente, la cual difícilmente pueda ser tramitada por él, una sensación que no tiene representante psíquico alguno y que deja al sujeto vacío de significación. La muerte, aquella que es apelada en los momentos de mayor dolor físico y que parece tener el poder de rescatarnos de semejante dolor, pero también aquella que la humanidad no ha podido develar con la vida, a lo largo de su existencia.
El dolor psíquico ha asomado y parece no poder frenarlo palabra alguna. Un dolor que encuentra su representante físico en el proceso de la quemadura, aquella que avanza queriendo arrasar con lo que más nos protege de los agentes externos, nuestra piel.
Mientras el cuerpo va perdiendo sus nutrientes, sus proteínas y va quedando expuesto a diversos focos de infección, el psiquismo va perdiendo sus defensas, las que le permiten filtrar y aliviar la tensión psíquica, quedando expuesto a toda clase de estímulo externo, sin poder frenarlos.
Y el sujeto se pregunta ¿dónde fueron a parar esas defensas que durante tantos años lo ayudaron a sobrellevar sus angustias, sus temores, sus fracasos, sus duelos?, quién se las llevó, quién arrasó con ellas. Tal vez, la quemadura psíquica, esa que marca para siempre el psiquismo, la que despierta con su agresividad todo aquello que parecía haber quedado dormido, sepultado por la represión. Todo parece haberse levantado ahora, parece haber sido removido. Las heridas más viejas, más antiguas, las que parecían haberse curado, comienzan nuevamente a abrirse. Todo se reactualiza en el presente atroz y los viejos dolores psíquicos empiezan a querer tomar protagonismo.
Mientras tanto, el cuerpo va sanando, va cerrando y comienza a callarse. Y aquí toma lugar la “no palabra”.
Es entonces momento de que el psicoanálisis, le permita al sujeto comenzar a “poner palabra” a ese dolor, con el fin de significarlo y otorgarle un sentido.
Es así como entonces aparece el concepto de “trauma”. El paciente comenzará a trabajar en el análisis, no sólo aquello que ha resultado traumático a partir del episodio de dolencia física, sino todo aquello que por asociación toma estrecho contacto con los traumas acallados por el paso del tiempo y la labor de la represión.
Si bien el sujeto deberá trabajar intensamente en al análisis, asistiendo a sus sesiones con las emergencias abruptas que el caso genera, deberá permitirle al tiempo, que además de sanar sus heridas físicas, sane también, sus heridas del alma.

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